15 de enero de 2012

Evaluación continua


Primer día de la clase práctica de redacción periodística en catalán en la Facultad de Ciencias de la Comunicación. La profesora nos propuso un reto que nos entusiasmó: "En esta asignatura no tendréis examen".  La evaluación consistía en hacer una prueba de locución el primer día e ir haciendo prácticas durante el resto del curso. Una evaluación continua que tenía como objetivo valorar la evolución de lo que habíamos logrado aprender durante ese período de tiempo.

Ese método de evaluación motivó que prestáramos atención a sus explicaciones durante las clases teóricas y prácticas. Nos grababa, nos escuchaba, nos preguntaba nuestra opinión y posteriormente nos daba consejos para mejorar que en muchas ocasiones iban más allá de la redacción y la locución en catalán. Nos enseñaba a respirar, a relajarnos y nos daba espacio para reflexionar sobre lo que más nos gustaba de la vida.

Ella se ponía en el lugar de cada uno de nosotros. Intentaba entender el sentir de nuestra generación. Y disfrutaba. Entre otras muchas cosas, me enseñó que las cosas más importantes, como los pensamientos y las ideas, han de cocerse a fuego lento. La precipitación que muchas veces nos atrapa como periodistas debía usarse sólo cuando era indispensable.

A todos nos encantaba la profesora; nunca faltábamos a sus clases. Pero el último día algunos cambiaron de opinión.

Llegó la hora de las notas. ¡Qué buena noticia! Estábamos todos aprobados. Primero habló ella. Nos dijo que estaba muy satisfecha con la evolución de todos nosotros, que habíamos progresado en muchos sentidos durante esos meses. Esta evaluación había sido un "experimento" para ella y le había reforzado en la idea que intentar otros métodos de evaluación podía ser beneficioso. Pero para un grupo de personas no era suficiente ya que no tenían la nota que creían merecerse. ¿Cómo discutir las notas si desde el principio habíamos confiado en su criterio y habíamos aceptado su trato?

Cuántas veces nos habíamos quejado de lo "injusto" y poco efectivo que resultaba el sistema de "escucho lo que puedo el rollo en clase, tomo apuntes, leo algo, lo mínimo posible, empollo el último día y me lo juego todo a una carta". En aquel momento tuvimos la oportunidad de darnos cuenta todos de que podíamos hacerlo diferente aunque eso nos hiciera renunciar a un excelente en un papel. Algunos olvidaron que el camino valió la pena, que era cierto, habíamos aprendido y éramos plenamente conscientes de ello. Y esos algunos hicieron que el resto dudáramos.

Las quejas vertidas en clase ese último día la dejaron abatida. Creía haber logrado el éxito con su experimento de aprendizaje contínuo. Pero no fue así, salió cabizbaja por la puerta mientras mascullaba un "me habéis defraudado". Cuando por encima de todo nos habíamos defraudado un poco a nosotros mismos, a nuestra palabrería de cambio de sistema que finalmente no supimos poner en práctica. O quizá éramos demasiado jóvenes para darnos cuenta que la vida no es llegar rápido a conseguir ser el mejor, sino disfrutar de los pequeños pasos que se van dando en el camino, día a día, que te permiten mirar atrás y decir: sí, valió la pena. Estoy segura que cuando salió por la puerta pensó que algún día finalmente todos los que estábamos allí lo lograríamos entender.
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